De Burgos a León, me enamoro.

Al Camino nadie va estando enamorado de él. Creo que se va por curiosidad o por necesidad, cuando te hablan mucho de él o cuando necesitas un paréntesis en la rutina. Y cuando lo tratas, como aquella persona simpática que te cae bien, al despedirte de él, te das cuenta que ya no es una amiga simpática, sino un amor.

En 2001, como resultado de muchos y drásticos cambios en mi vida, decidí irme al Camino, donde renací como persona y rehíce mi personalidad. Olvidé quién había sido y empecé a ver la vida con otros ojos. Empezaba a saber lo que es sentirse peregrino. Nada tenía que ver con el significado etimológico de la palabra, no hablo de ‘aquel que camina por tierras extrañas’, sino a una peregrinación interior, de dejar de ser uno para convertirme en otro. A dejar atrás el pasado para tener un futuro.

Dos años después, en 2003, cuando volví al Camino, era mucho más fuerte. Ya no tenía los miedos del pasado, vivía el ahora y me preocupaba de los problemas futuros cuando se convertían en presentes. No malgastaba mi tiempo en preocupaciones absurdas que seguramente no iba a sufrir jamás. Además, había simplificado mi trato con las personas. El no tener que aparentar nada a nadie me permitía vivir tan relajado que, a veces, se me podía tachar de pasota. Nada más lejos de la realidad. No era que no me importaran las personas, sencillamente me mostraba tal y como era, sin que me importara su opinión sobre mí. Tenía claro que, como no se puede agradar a todo el mundo, esperaba encontrar y relacionarme con personas a las que les cayera bien por mi forma de ser, sin actuaciones por mi parte, siendo honesto con ellos y esperando que lo fueran conmigo.

Llegaba a 2005 con una carga emocional inmensa. Volvía a tener pareja y me sentía el hombre más feliz del mundo. Compartíamos todo lo que podíamos juntos pero el Camino no era algo que le llamara la atención. Así pues, en agosto de 2005, me fui al Camino. A Burgos. Solo. A retomar lo que había dejado a medias y que ya llevaba 2 años queriendo terminar. No puedo decir que no discutimos mucho por ello, ni puedo decir que no me costó lo mío que aceptara mi partida al Camino, ni puedo decir que no estuve a punto de quedarme con ella, ni puedo decir que no lloré cuando el tren se puso en marcha.

Cuando bajé del tren, en Burgos, en plena tarde de un mes de agosto, me asaltó de nuevo ese pensamiento que tuve al salir de Roncesvalles y ya creía desterrado ‘¿Qué hago yo aquí?’ Las tardes de Burgos, en pleno mes de agosto y sin aire acondicionado, hacen que te replantees muchas cosas ¡pero no la vuelta! Mis dos incursiones anteriores al Camino habían sido cortas, muy cortas. Apenas una semana cada vez. Ahora me esperaban unos 15 días entre Burgos y Santiago y tenía la certeza que estaba en el lugar correcto, haciendo lo correcto.

Empecé a caminar al día siguiente, muy de mañana. El sol apenas asomaba por el horizonte cuando ya salía de la ciudad y empezaba realmente la etapa del día. Solo, con el fresco de la mañana burgalesa, había dejado a los míos atrás pero los llevaba y notaba muy dentro de mí. A cada paso que daba me acordaba de ellos, los añoraba, quería hablar con ellos a cada instante pero, en una época donde los teléfonos móviles no disponían ‘infinitas’ posibilidades de comunicación, mis contactos se limitaban a llamar a uno de mis contactos y, después, entre ellos, se pasaban el ‘parte’. Y, con el paso de los días, sucedió algo curioso: Dejé de tener la necesidad de llamarlos. A ver si soy capaz de explicarme: En mis anteriores visitas al Camino tenía la necesidad imperiosa de llamar a mi familia y explicarles todo lo que estaba haciendo, todo lo que veía, las personas que conocía, las conversaciones mantenidas… Todo.

En este Camino sufrí un cambio muy profundo. En esas largas, larguísimas rectas entre Burgos y León, donde la mayoría de sombras que vi fueron las que seguían a los peregrinos pegadas a sus pies, conseguí integrar el Camino en mí. Dejé de soñar en mañana y conseguí pensar en el ahora, incluso ¡alcancé el no pensar en nada! Notaba que yo era parte del Camino, el Camino me llenaba y me atravesaba, mis pasos dejaban una huella en él y yo me fundía entre el polvo que levantaban mis pies y, en esos momentos, noté que no tenía la necesidad de ser nada más. Había encontrado mi esencia. Una esencia de polvo y barro, de sol y luna, de brisa y lluvia, de noche y calor, de un cielo azul lleno de estrellas; era mi padre, mi madre, mis hermanas y era yo… Todos recorríamos el Camino con mis pies, lo veíamos con mis ojos, lo sentíamos con mi corazón, lo vivíamos juntos porque yo era yo y era ellos, todos juntos, todos uno. En ese momento me dije: Algún año, ¡vendremos todos juntos al Camino! Quería que los descubrieran como lo estaba haciendo yo, sin vicios ni prejuicios, día a día. ¿Cómo decir a alguien lo que sientes mientras naces? ¿Cómo mostrar a alguien lo que grita tu corazón? ¿Como confiar a nadie lo que te susurra el alma? Entre Roncesvalles y Logroño descubrí el Camino, de Logroño a Burgos, lo aprecié, entre Burgos y León… ¡Me enamoré de él!

Incluso ¡alcancé el no pensar en nada!

Todos tenemos luces en nuestra vida pero también sombras. Las luces están bien, te iluminan y te permiten avanzar, te ayudan a que las personas te vean, a mantener relaciones cordiales y sanas con las personas con las que compartes tu vida pero en las sombras… En las sombras hay lugares donde guardar la caja de los secretos, rincones donde exponer confidencias, parajes solitarios donde no cabe nadie más que tú y las personas más cercanas. Hay tantas cosas que podemos ocultar en las sombras… Dos vidas superpuestas: La pública y la privada.

Quien se prepara para descubrir el Camino por primera vez, se prepara físicamente, y siempre del mismo modo: Sale a caminar, a correr, busca zapatos, calcetines, mochila… Tienen miedo a sufrir ampollas, dolores musculare, calambres… No todo el mundo está preparado para subir o bajar montañas pero casi todos sabemos nuestras limitaciones a nivel físico pero ¿sabemos acaso si somos capaces de pasarnos 3, 4 o 5 horas por rectas sin sombra y tan llanas que ves tu destino 3 o 4 horas antes de llegar? Esas rectas donde no hay nada aparte de silencio… Pueden destruir más a una persona que el cansancio físico de subir o bajar riscos.

Esas rectas [… ] Pueden destruir más a una persona que el cansancio físico de subir o bajar riscos

La Meseta tiene un algo especial para mí. Puedes sufrirla (y mucho) pero, con el tiempo, te das cuenta de todas las cosas que aprendes al recorrerla. No te maltrata, no te pega, no es un maestro que te enseña con rudeza,… Tan sólo te deja solo. Te da la libertad de quedarte contigo mismo de no enseñarte nada y darte la oportunidad de aprehender. Y por eso la amo. Hay partes del Camino que te preparan para llanear, subir, bajar, soportar cambios de piso, prepararte para largas jornadas solitarias. A la Meseta tienes que llegar preparado a ella o puedes pasarlo muy mal, pues no te enseña nada y puedes llegar a sufrir como en ningún otro sitio.

La Meseta […] Tan sólo te deja solo. Te da la libertad de quedarte contigo mismo de no enseñarte nada y darte la oportunidad de aprehender

Recuerdo etapas largas, muy largas, larguísimas… Tan largas que veía el campanario 3 horas antes de llegar al pueblo… Tan largas como las rectas que sufría… Tan largas que buscaba la sombra de un montón de balas de paja o el tronco de un árbol perdido… Tan largas y despobladas que ni el trino de los pájaros llegaba a mis oídos… Tan largas que recordé las tres partes del Camino Francés… Tan largas que con el horizonte tan plano y lejano me dio tiempo a desmontarme, pieza a pieza… Hablé conmigo mismo, recordé conversaciones con aquellos con los que no podría volver a hablar nunca más, imaginé charlas y confidencias con quienes soñaban mi vuelta, sentí sus abrazos, escuché sus voces, acaricié su piel y… No sé cuantas veces lloré entre Burgos y León. Antes de entrar en Galicia, me había reinventado de nuevo.

Mi reafirmación con el Camino

En 2001 me había ido al Camino para huir. Mis últimos años en el trabajo habían sido horribles, con presiones laborales que terminaron resultando en un cuadro depresivo que me tuvo ‘fuera de servicio’ un buen tiempo pero… Desde mi vuelta, sentí que era capaz de hacer muchas más cosas de las que creía hacer. No era tan inútil como me habían hecho creer ni tan débil como me había llegado a sentir. Era fuerte y autosuficiente. Podrían hacerme daño, sí, pero podría superarlo y tirar hacia delante.

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Mi primer Camino

Esta es la primera entrada (casi obligada) de mi historia con el Camino y sus peregrinos. Vivencias y reflexiones. Habrá más.

En esta entrada cuento lo que me llevó a recorrerlo y a describir lo que, muchos años después, significó para mi descubrir el Camino. Hay muchas personas que van al Camino cada año y todas tienen sus motivaciones, todas tan válidas como las de cualquiera pero… Estas fueron las mías.

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Primeras dudas en el primer Camino

Primeras dudas en el primer Camino de Santiago

Hace unos cuantos años que ando por el Camino pero últimamente me estoy encontrando a más personas que realmente se interesan en recorrerlo. Sea cual sea su motivación, los miedos suelen ser siempre los mismos: me perderé, quiero ir acompañado porque me da miedo ir solo/a (sobretodo mujeres), no sé si aguantaré caminar tantos días, debe ser muy caro, no sé que llevarme… Pero hay un punto en que casi todos los que se quieren iniciar en el Camino coinciden: entienden que el Camino es el Camino Francés; ya sea iniciándolo en Saint Jean o en Roncesvalles, y cada vez más desde Sarria, entienden el Camino Francés como el Camino a recorrer cuando uno decide ir al Camino de Santiago. Continuar leyendo «Primeras dudas en el primer Camino»