Mi primer Camino

Esta es la primera entrada (casi obligada) de mi historia con el Camino y sus peregrinos. Vivencias y reflexiones. Habrá más.

En esta entrada cuento lo que me llevó a recorrerlo y a describir lo que, muchos años después, significó para mi descubrir el Camino. Hay muchas personas que van al Camino cada año y todas tienen sus motivaciones, todas tan válidas como las de cualquiera pero… Estas fueron las mías.

Desde siempre, en mi familia, siempre se ha hablado de ‘viajes mochileros’ y, quien más quien menos, siempre ha salido con una mochila en la espalda a recorrer algún GR, realizar un Interrail, o una excursión de un día, de fin de semana o algo más larga… Pero no en mi caso. Yo no tenía mochila, ni equipo para caminar. Jamás había ido solo a ningún sitio. Siempre había ido a algún torneo con el viaje organizado o de vacaciones familiares. El sólo hecho de pensar en irme a cualquier sitio sin nadie se me hacia un mundo pero…

Andaba el año 2001 cuando varios sucesos oscurecieron mi vida.

Mi vida en los últimos años era estable, tenía pareja, un trabajo, estaba estudiando… y, de la noche a la mañana, me quedé sin trabajo, sin pareja y no obtuve una buena nota en la selectividad. En un tiempo donde el mundo se desmoronaba a mi alrededor, me decidí a romper con todo e irme al Camino, a Roncesvalles.

En 2001, ni yo ni el Camino éramos lo que somos hoy. Fruto de los últimos años de mi vida y de todos los cambios que había sufrido en poco tiempo, mi ánimo había cambiado, me sentía solo y desamparado, inseguro e indeciso. Necesitaba coger confianza en mí mismo y lo necesitaba urgentemente. No podía dejar pasar más tiempo.

El Camino de Santiago era un recorrido más del que había escuchado hablar. Sin más. Conocía a gente que lo había hecho y hablaban maravillas de él, otros opinaban lo contrario y, los menos, no sabían que opinar. En lo que casi todos estaban de acuerdo era en que, el Camino, no deja indiferente a nadie y que, para bien o para mal, puede llegar a cambiar a las personas. Esa fue la razón por la que, de la noche a la mañana, decidí que me iba al Camino: Cambiar.

No recuerdo exactamente cuando decidí que me iba al Camino pero recuerdo que pasaron pocas semanas desde mi decisión hasta que tomé el tren hacia Roncesvalles. En ese viaje, con la mochila que me habían regalado por mi cumpleaños, y que llevaba llena a rebosar de cosas inútiles, mientras el tren me acercaba de Barcelona a Pamplona, me iba preguntando si sería capaz de una gesta parecida. Me esperaban más de 700 Km y yo jamás había caminado ni 10 Km seguidos. Me parecía tan extraño verme ahí con una mochila y sin fecha de vuelta prevista que, cuando llegué a Pamplona y fui a sacar el billete de Pamplona a Roncesvalles, me sorprendió no ser el único ‘loco’ que se embarcaba en un viaje así (con el tiempo, he sabido que ese año salieron de Roncesvalles algo más de 21000 personas y que llegaron a Santiago algo más de 61000).

No puedo recordar los nombres de las personas con las que me crucé. Recuerdo vagamente sus historias, sus problemas y temores pero lo que recuerdo con claridad es su mirada, sus sueños y ambiciones de futuro. Ninguna de las personas con las que conviví esos días se parecía en nada a ninguna que hubiera conocido antes. Su mirada era humilde, sus actos sencillos, sus palabras sinceras… Todas soñaban lo mismo: ser mejor persona.

Cuando empecé a caminar al día siguiente, al salir de Roncesvalles y ver su famoso cartel de ‘790 Km’ lo primero que pensé fue «¿Qué diablos hago yo aquí?». Llevaba 13 Kg de lastre en la mochila y cada paso costaba horrores. Mis miedos al salir de casa hicieron que llenara la mochila de ‘porsiacasos’ y los estuve cargando hasta Pamplona. Allí, lo primero que hice fue buscar una oficina de Correos y enviar a casa lo que en dos días no había usado y no me valía para nada. Así pasé de cargar una mochila de 13 Kg a una de apenas 9 Kg. Había aprendido mi primera lección: No hay que cargar con cosas superficiales. Te atrasan y te lastran todo el tiempo.

Seguí caminando como los días anteriores, tan deprisa como podía, con la intención de llegar el primero donde fuera. Era una carrera constante conmigo mismo para recuperar ese tiempo que sentía que había perdido en mi vida. Quizás este dato no os diga nada pero, en esa semana, estaba andando a una media de 6 Km/h, con paradas incluidas. Más que andar, corría. Más que caminar, volaba. Me perdí muchas cosas desde Roncesvalles a Logroño. Era de los primeros en levantarse, de los primeros en salir y, casi siempre, el primero en llegar a cualquier sitio. ¿Paisajes? Ni me fijé en ellos, estando pendiente del reloj y la hora de apertura y llegada al siguiente albergue. Apenas hablaba con nadie durante la etapa y apenas disfruté de nada que no fuera el sonido de mis pies y mi bordón. ¿Resultado? Una sobrecarga en las dos rodillas que me impidieron seguir caminando y me tuvieron casi un mes en casa, sin poder moverme y mucho menos caminar. Había aprendido una segunda lección: Cada uno debe caminar a su ritmo. Forzar las cosas tan sólo sirve para empeorarlas.

Durante ese mes de convalecencia, pude darle muchas vueltas a esa semana en el Camino. Lo que viví, las personas a las que conocí, sus historias vitales, sus miedos y esperanzas, las relaciones que se establecieron entre nosotros, la confianza que te envuelve en cualquier conversación, la intimidad que se comparte sin miedo… Y aprendí una tercera lección: no hacen falta grandes retos para mejorar como persona, tan solo superar los que vengan, con humildad y sinceridad.

Había salido sin un objetivo claro hacia un Camino desconocido al que le tenía mucho miedo y respeto, al que iban personas que siempre había visto como deportistas preparados y al que me quería enfrentar sin saber que me iba a aportar a mí. Cuando una semana más tarde volví a casa, había encontrado la respuesta: ser yo mismo.

4 respuesta a “Mi primer Camino”

  1. Gracias por compartir Xavier 🙂 Cuanto aprendizaje. Muy interesante todo lo que explicas. Y me ha encantado tus frases de aprendizaje y como te expresas.

  2. Todos los que hemos ido al Camino tenemos diferentes motivaciones, motivaciones que incluso para uno mismo no están muy claras.
    Quizás sólo sea esa sensación de búsqueda lo que nos hace ir, sin saber muy bien qué buscamos pero confiando en esa máxima del Camino: “el Camino provee”.

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