Santiago ¡Por fin!

Llegaba al final del Camino y me sumergía en la última de las tres partes del Camino: la emocional. Una vez cruzada la dorada meseta en pleno mes de agosto, con briznas de trigo volando al aire, con más calor del deseado y donde las llanuras doradas  se ven limitadas a lo lejos por pequeñas lomas que dibujan un horizonte ondulado tan soñado como temido; a cada paso, más lejos del inicio; a cada paso, más próximo el fin. A cada paso, ¡más cerca de Santiago!

Había salido de casa en 2001. Me había levantado del sofá y me había ido al Camino a ‘volar’ por él. Desde Roncesvalles hasta Logroño fui adelantando a quien viera delante para llegar donde fuera antes que nadie. Resultado: una sobrecarga en las dos rodillas, un mes sin andar, una lección de humildad y un magnífico suspenso en la parte física del Camino. Había vuelto a levantarme del sofá en 2003 y disfruté del Camino a otro ritmo. Desde Logroño a Burgos mastiqué cada paso, observé y escuché el paisaje y sufrí las inclemencias meteorológicas. Resultado: me supe peregrino. Recuperé la asignatura con que tanto ahínco suspendí en mi primera incursión en el Camino y empecé a entender de qué iba eso de la parte espiritual. Y ahora, en 2005, al levantarme del sofá por tercera vez, dejar a  todos los míos a cientos de kilómetros, salir de Burgos y cruzar la meseta hasta León fue donde la entendí de verdad. No se puede entender la Meseta hasta que no se cruza. No se puede explicar lo que se siente hasta que no se vive. La amé entonces y la sigo amando ahora. Como ese primer amor, dulce, noble y sincero, siempre añorado, jamás se olvida.

No se puede entender la Meseta hasta que no se cruza. No se puede explicar lo que se siente hasta que no se vive

Pero la parte espiritual del Camino Francés no es sólo la Meseta. Pasado León, no puedo dejar de hablar de La Cruz de Ferro. La Cruz de Ferro es uno de los cruceros con más renombre de todo el Camino Francés y, por extensión, de cualquier Camino. Si se observan detenidamente el crucero o el mástil que corona, no veremos nada de especial relevancia ni en la cruz ni en el mástil pero… La base del mástil está enterrada por piedras y guijarros que los peregrinos depositan en la base y que suelen traer y cargar desde su lugar de origen para dejarlos ahí. Para los creyentes es un lugar sacro, para otros es un lugar muy espiritual, para los menos, un montón de piedras. Cuántas historias podría relatar la Cruz de Ferro, cuántas lágrimas derramadas sobre sus piedras, cuántas oraciones, susurros, deseos y versos de cientos de miles de personas se ha llevado el viento… Ver la Cruz de Ferro y no sentir nada es no tener corazón.

En 2001, cuando salí de casa por primera vez hacia el Camino, me acompañé de un escapulario de mi abuela materna y lo sujeté con un imperdible en una de las correas, de forma que, al andar, pudiera mirarlo y tocarlo sin dificultad. Quién ya me conozca, sabe mi devoción por ella. Cuando llegué por primera vez a la Cruz de Ferro, me senté en la base del montón de piedras con el escapulario entre mis dedos y me quedé allí. Sentado. Llorando. Recordando. Dedicándole ese amanecer. Cuando el cielo anaranjado se tornó azul, me levanté y me puse a andar.

Tras dejar atrás la Cruz de Ferro, se cruza el Bierzo antes de adentrarnos en Galicia. La sequedad de la Meseta ya queda atrás y desterramos el calor y el plano horizonte que nos ha envuelto durante tantos y tantos días.  Las infinitas rectas, las monótonas llanuras, se han transformado en curvas, subidas, bajadas y nos descubrimos en medio de un paisaje montañoso, verde a rabiar, con un aire tan frío como sufrido y que compite con sus vinos para lograr mayor notoriedad. El Bierzo es la perfecta transición entre la Meseta y los bosques gallegos, donde nos sumergimos en bosques de eucaliptos y musgo que rellenan nuestros pulmones con aromas de humedad. Un espectáculo de verdes altivos que alegran el corazón y que acallan la mente, tan activa hasta entonces, para dar rienda suelta al corazón.

O’Cebreiro es la primera población gallega que cruza el Camino Francés. Atrás quedan 600 Km recorridos, sufridos, caminados, gozados, anhelados ahora, y se empieza a notar esa melancolía tan especial. Se empieza a recordar a gritos, a sufrir el susurrante final del viaje, a disfrutar como nunca el presente. Quedan tantos recuerdos atrás y tan pocos kilómetros por delante que tan sólo el ahora nos evita empezar a llorar. Tras haber recorrido el Camino desde Roncesvalles, llegar a O’Cebreiro me resultó chocante. Recuerdo que lo primero que pensé al llegar a O’Cebreiro fue «Parece un parque de atracciones» Viniendo de atrás, de muy atrás, se nota mucha diferencia en la cantidad de personas que hay en un tramo del Camino o en otro y se hace evidente cómo lo viven las que han de empezar a levantar polvo y las que ya llevan las suelas desgastadas. Los peregrino de suelas vírgenes y ropa impoluta, tienen prisa, están nerviosos, el corazón les late con fuerza, caminan casi corriendo, hablan si no gritan y desean que llegue el alba para salir disparados en su primera etapa. Los de suelas viejas y músculos cansados, desean alargar el día, y la noche, no desean que llegue el mañana, pasean, admirando en silencio el bullicio en el que se encuentran y se dedican a charlar, casi susurrando, de lo vivido, de lo aprehendido y se maravillan de las nuevas caras que dificultan encontrar los ojos de los compañeros de los días y semanas pasadas.

O’Cebreiro […] se hace evidente cómo lo viven las que han de empezar a levantar polvo y las que ya llevan las suelas desgastadas

Y si O’Cebreiro es un parque de atracciones… Sarria es un megaconcierto. Miles y miles de almas inician en Sarria el Camino Francés y se aventuran a recorrerlo, sin ser conscientes de todo lo que no conocerán nunca,  ignorando lo mejor del trayecto. Cuando se llega a Sarria por primera vez, te sorprende la de personas que llegan y salen a diario. Una cuarta parte de los peregrinos que recogen la Compostela en Santiago parten desde Sarria. Eso es… ¡Muchísimo!

En Sarria, uno empieza a sentir de verdad que el Camino se termina, si es que no lo ha hecho ya. Llegar cruzando la Meseta, por no decir la Península, y encontrarte con tal gentío hace que te aísles en tu propio mundo, que te concentres en el destino final y a ser consciente de todo lo que has recorrido, de todo lo visto, de las conversaciones mantenidas, de los amigos que has hecho y que se han convertido en parte de tu familia, de las confesiones que has hecho y de las familias que te han adoptado… Cada día que pasa te sientes más y más feliz porque Santiago está más y más cerca; cada día que pasa te sientes más y más triste porque Santiago está más y más cerca. Y sonríes todo el día porque la alegría inmensa del destino se amortigua con las lágrimas que retienes.

En Sarria, uno empieza a sentir de verdad que el Camino se termina, si es que no lo ha hecho ya

Cuando entré en Galicia por primera vez, y fui consciente de todo lo que había llegado a Caminar, raro era el día que no lloraba. Las sonrisas y carcajadas se alternaban entre sollozos y llantos, en público o privado, me resultaba dificilísimo retener las emociones. Los sentimientos se multiplican exponencialmente según te acercas a Santiago.

En el Monte do Gozo, con Santiago y su Catedral a la vista, me senté a unas decenas de metros de los gigantes. Y lloré. No eran sollozos, eran lloros de niño pequeño, de aquel que ha encontrado roto su juguete preferido y que añora los ratos pasados con él. Notaba un vació en mí tan intenso que me llenaba completamente… Al rato, observado por todos y entendido por casi nadie, me acerqué, los toqué, los acaricié, me abracé a ellos, les agradecí conocerlos, me aparté, los saludé, me despedí… Y volví a llorar.

[…] observado por todos y entendido por casi nadie, me acerqué, los toqué, los acaricié, me abracé a ellos, les agradecí conocerlos, me aparté, los saludé, me despedí… Y volví a llorar

Jamás negaré que los kilómetros que separan el Monte do Gozo hasta la Catedral de santiago están mojados por mí. A cada paso, soltaba una lágrima, me costaba respirar, no era capaz de dar tres respiraciones seguidas sin que alguna no se entrecortara. Cuando llegué al puente de entrada a Santiago, intenté serenarme y le pedí a otro peregrino que me sacara una fotografía. Sujeto a mi bordón, aquel que había recogido en 2001 saliendo de Roncesvalles, llegábamos a Santiago tras 5 años y 750 Km. En esa fotografía se ve mi cara desencajada y mi triste alegría.

Llegar a la Plaza del Obradoiro tras recorrer el Camino de Santiago es algo que no soy capaz de describir. Fue, fue… Fue soltar lágrimas a cubos, fue ahogarme a cada respiración, fue no poder hablar, fue abrazarme a los compañeros y no poder abrir los brazos, fue darles besos y felicitaciones, fue sentir su corazón junto al mío, fue caer rendido, fue sentarnos en silencio, fue mirar la Catedral, fue no querer dejar de mirarla, fue quererla, fue amarla,… ¡Y sigue siendo!

Llegar a la Plaza del Obradoiro tras recorrer el Camino de Santiago es algo que no soy capaz de describir

Y, con esto, dejo de escribir lo que fue para mí mi primer Camino. Puedo decir que el Camino Francés fue el culpable de todos los que han venido y todos los que vendrán. Hoy, estoy enamorado de otros Caminos y seguro que me enamoraré de más. El podio irá modificando sus integrantes pero, como primer amor, al Francés siempre lo amaré.

El Camino Francés fue el culpable de todos los que han venido y todos los que vendrán

¡Gracias!

 

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