Flexibilidad en el Camino

Una vez en el Camino, las cosas fueron mejor de lo deseado. Como la distancia que nos separaba hasta Sarria era muy larga, programé la llegada en dos días. El primer día dormiríamos en Burgos y el segundo día llegaríamos a Sarria, donde, tras comer, empezaríamos a caminar esa misma tarde. Así lo hicimos.

Esa primera etapa, de Sarria a Barbadelo, fue el detonante para que mi madre empezara a darse cuenta que era factible realizar el Camino.

Salimos a las 16.20 h y llegamos a las 18.10 h. en menos de 2 h habíamos hecho algo más de 4 km, lo que aproximadamente era la mitad de las etapas que vendrían los siguientes días.

  • ¿Lo ves? Y para hacer 8 km tenemos todo el día.

El segundo día, de Barbadelo a  Ferreiros, empezamos a establecer lo que sería nuestra rutina:

  • Levantarnos sobre las 8.00 h
  • Preparar la mochila
  • Desayunar
  • Empezar a caminar sobre las 9.00 h

Ya he comentado anteriormente que mi madre no había caminado nunca y que, aunque salimos a caminar varios días, jamás lo hicimos con mochila, por lo cual, como reaccionarían sus trapecios o su espalda al peso de la mochila era algo que me preocupaba mucho. Si empezaba a sufrir sobrecargas musculares deberíamos dejarlo, sí o sí, pues no quería que, lo que debería ser un viaje de descubrimiento y disfrute se convirtiera en un calvario para ella.

La idea era dormir cuantas más horas mejor para levantarnos lo más descansados posibles y jamás empezar a caminar sin haber comido algo. Tras ese primer desayuno, caminaríamos de una a  dos horas y volveríamos a parar a comer. Esta parada sería de 45 o 60 minutos, para dar tiempo a la musculatura a enfriarse bien y descansar trapecios, espalda y piernas, antes de volver a caminar.

Tras este desayuno y descanso, la idea sería continuar una o dos horas más y llegar a destino. Con etapas de 7 u 8 kilómetros, era posible terminar la  etapa y, si acaso no fuera posible, habiendo salido a las 9.00 h, ya sería medio día, con lo cual podríamos parar a comer y continuar después. Así lo hicimos todos los días. Las etapas ‘cortas’ las terminábamos antes y las ‘largas’ después de comer.

Creo que, cuando se descubre el Camino, no hay que correr. Nadie puede saber cómo va a responder su cuerpo a la exigencia física que supone caminar un día tras otro, hasta llegar a destino, y la mejor manera de descubrirlo sin peligro es ir sin prisas. He conocido personas deportistas que han sufrido muchísimo su Camino, sufriendo ampollas, sobrecargas y otros males, y otras que jamás habían hecho ejercicio que lo han disfrutado como nadie sin ningún percance.

Las primeras confiaban tanto en su condición física que se excedieron de optimismo que se programaron etapas demasiado duras, descuidaron el equipo o, acostumbrados a los ‘dolores del deportista’, no hacían caso a los que les empezaban a aparecer. Las segundas, al contrario, más temerosas, se cogían más días para hacer la misma distancia, cuidaron más su equipo, se fijaban más en las reacciones de su cuerpo… Iban con muchísimo más cuidado. Y eso, a la larga, es beneficioso.

En definitiva, hay que ser consciente de lo que se va a hacer: cualquier Camino es una prueba de resistencia. No hay que apretar nunca más de lo necesario o nos pasará factura al día siguiente y, como el cansancio se acumula, podemos llegar a causarnos verdaderos problemas de salud que nos obliguen a abandonar (he visto abandonos por rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla y, esto, es un problema muy serio).

  • Estoy muy cansada -me dijo el tercer día.
  • No te preocupes, es normal. A partir de mañana te sentirás mejor.

A quien no haya ido nunca al Camino le puede extrañar mi respuesta pero es verdad. El primer día se arranca fresco, el segundo aún dura la ‘resaca’ del inicio y es al tercer día es cuando aparecen los primeros síntomas serios de cansancio. Ya se han andado los kilómetros necesarios para que el cuerpo empiece a quejarse y sea la mente la que nos ofrezca ese plus que nos ayude en cada jornada. Es al tercer día donde empezamos a acostumbrarnos a caminar con la ‘resaca del cansancio acumulado’.

Caminar un día tras otro cansa, es cierto, pero durmiendo y descansando lo máximo posible podemos relajarnos física y mentalmente para reemprender la marcha al día siguiente. Ya no volveremos a caminar como el primer día, cuando el cuerpo empezaba virgen la aventura y no le habíamos pedido aún el mínimo esfuerzo pero, en el Camino, donde la exigencia física no es extrema, por muchos días que caminemos, el cansancio llega hasta un punto donde llega a estancarse o, incluso, si el Camino es de los largos, a disminuir.

Siempre he puesto como ejemplo el Camino Francés para distinguir las tres partes de las que se compone un Camino ‘largo’; y con largo no me refiero a kilómetros, sino al tiempo invertido en recorrerlo. Si usamos el Camino Francés, podemos distinguir tres partes:

  • Física: De Roncesvalles a Logroño, suele hacerse en una semana, más o menos, y es donde ponemos a punto el cuerpo para las largas jornadas que nos esperan. En esta semana hay muchas posibilidades que nos salgan ampollas, suframos sobrecargas, tendinitis… pero, si superamos esta semana, no será la parte física la que nos impedirá llegar al final.
  • Espiritual: Entre Logroño y León, se disfrutan o padecen largas rectas y llanuras. Físicamente es la parte menos exigente del Camino pero, ay, la cabeza, la de vueltas que da, en medio de largas rectas sin sombra, vislumbrando el destino 3 horas antes de llegar, o te aburres de caminar sobre tierra dura y seca, cuando tu mente es tu único entretenimiento… Te replanteas tantas cosas que puede llegar a ser doloroso. Incluso cruel. Estas dos semanas pueden llegar a ser mucho más duras que la primera, donde sólo da tiempo a pensar en no sufrir ningún percance físico que te impida continuar. En estas casi dos semanas las personas cambian, se cuestionan, se replantean la vida, y hasta se consiguen respuestas.
  • Emocional: De León a Santiago. En el tramo final de cualquier Camino, ya casi no importa lo que hayas sufrido o te quede por sufrir. La emoción por la cercanía del destino es tan poderosa que difícilmente nadie abandonará en esta parte. Atrás quedan ya los sufrimientos físicos de la primera parte y psicológicos de la segunda y tan sólo se vive la dicha del feliz destino. La añoranza de los recuerdos vividos y kilómetros pisados se mezcla con la felicidad de los sueños casi cumplidos y la triste esperanza de llegar al fin.

Por todo esto, siempre recomiendo a quien vaya al Camino que, si le es posible, vaya un mínimo de 15 días. Al menos, que de tiempo a pasar esa primera semana de posibles penurias y, aunque apenas llegue a vislumbrarse la parte espiritual, se viva de lleno la parte emocional. ¡Es tan tristemente gratificante soñar con llegar tras tantas jornadas!

Nosotros disponíamos de 3 semanas enteras para recorrer de Sarria a Santiago. Sí, ya sé que puede parecer mucho tiempo para recorrer menos de 120 km pero, si la condición física lo impide y se dispone de tiempo, ¿por qué no disfrutarlo y evitarse sufrimientos? Además, disponer de tres semanas tampoco implica tener que caminar tres semanas. El exceso de tiempo nos permitía ir con la tranquilidad de poder ajustar las etapas a lo que necesitáramos. ¿Que nos gusta un sitio? Nos quedamos. ¿Que queremos alargar la etapa? La alargamos. Y fue lo que hice: dejé que fuera mi madre la que marcara la distancia de las etapas. Yo había previsto una distribución de etapas con la que llegaríamos a Santiago en 14 días, dejando 7 días libres ‘para lo que pudiera suceder’. Y sucedió… Que en lugar de llegar en 14 etapas, llegamos en 12. De Palas de Rei a Melide, que yo tenía previsto hacerlo en dos días, ella se animó y lo hicimos en uno. De Melide a Salceda, donde yo tenía previstas tres etapas, hicimos dos. Y de Salceda a Santiago, donde yo tenía previstas tres etapas, no las redujimos a dos porque no me atreví a que ella caminara tantas etapas largas seguidas. Habíamos llevado el Camino genial y, total, para ganar un día, no era plan arriesgarnos a sufrir cualquier percance tan cerca del final.

En esta tabla muestro las etapas previstas y las etapas realizadas y las distancias que debían ser y las que fueron.

Cómo cambia la cosa ¿verdad? Al tercer día se quejaba de que le dolía todo y ahora, al final, tenía fuerza y ganas de caminar más de 10 km diarios. Y, con sus ganas, llegaba la improvisación. Cada día, a media mañana, decidíamos donde pararíamos esa jornada y, o bien llamábamos por teléfono y reservábamos algún lugar para dormir, o bien nos aventurábamos a encontrar algo al llegar a destino.

Esa capacidad de decisión, esa improvisación, es algo que ella jamás había vivido en los viajes que había realizado con anterioridad. Mi madre, como la mayoría de personas, cuando se van de viaje, suelen reservar las noches de alojamiento en tal sitio, en tal otro, dos días aquí, tres allí, aquí hay que ver esto, allí lo otro… En este tipo de viajes suele dejarse muy poco espacio a la improvisación. Esa libertad de escoger día a día donde terminaríamos la etapa y donde dormiríamos, puedo asegurar que fue una de las cosas que más le gustó.

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