Motivaciones iniciales

Ya escribí en su día cómo descubrí el Camino de Santiago y como me ‘enganchó’ desde el primer momento. Lo que sentí entonces lo sigo sintiendo cada vez que vuelvo al Camino: soy libre; soy yo. Es una sensación tan maravillosa que, digámoslo así, me obliga a volver una y otra vez a su encuentro.

Los que me conocen saben de mi pasión por el Camino y no se extrañan de mis idas y venidas pero… La mayoría no lo entiende ¿Cómo entender un sentimiento? Se siente o no se siente, no se puede racionalizar. Y con mi familia también me pasa. Desde que fui por primera vez al Camino, se alegran cada vez que me voy, me añoran cuando no estoy y ‘me hacen fiestas’ cuando vuelvo. Una situación que contrasta mucho con mis sentimientos. Yo me alegro mucho cuando hago los preparativos, mucho más cuando estoy y me entristezco cuando llego a la vuelta. No es que no me alegre de ver a los míos, ni que no quiera estar con ellos, sencillamente… Añoro el Camino. Vivir cada día una única vez, ver cada día un amanecer distinto, hablar con personas diferentes a diario, abrir los corazones ante desconocidos, repartir sonrisas, bromas y abrazos libremente… Es tan distinto a la rutina diaria que no sé cómo hacerlo entender a quien no lo ha vivido.

Todos esos sentimientos que vivo en el Camino no soy capaz de explicarlos con la claridad y sencillez que merecerían y, por ese motivo, tras haber recorrido unos cuantos miles de kilómetros por distintos Caminos, soñé que, cuando hiciera 40 años, me gustaría entrar a la Plaza del Obradoiro rodeado de los míos: mi padre, mi madre y mis dos hermanas. Y, como hay que hacer realidad los sueños, en enero de 2012 empecé a prepararlo.

Dicen que la vida no es justa, y tienen razón. Tras dar los primeros pasos en la preparación de ‘nuestro Camino’, mi padre murió en febrero… Y se truncó el sueño. Ya no podría enseñarle por que su hijo sonreía cada vez que preparaba la mochila, ya no podría mostrarle cómo vivía el Camino, ya no podría hacerle entender cómo sentía el Camino, ya no podría llorar junto a él al llegar a la catedral, ni el porqué añoraba el Camino cada vez que volvía. Y pasó el tiempo, siete años, para ser exactos, y el verano de 2019 le dije a mi madre:

  • He cogido tres semanas de vacaciones para hacer el Camino contigo. Si vienes, iremos de Sarria a Santiago; si no vienes, haré otro Camino.

Convencerla me costó semanas de discusiones. Ella no tenía claro que pudiera completar los casi 120 km que separan Sarria de Santiago:

  • No podré. No estoy en forma.
  • No te preocupes, yo lo ajusto a tus necesidades.

Soy muy consciente que no todo el mundo puede caminar 20, 25 o 30 kilómetros diarios. Hay que estar en forma para hacerlo y, como tantos que se lanzan al Camino inconscientemente, mi madre no lo estaba pero había unos cuantos motivos que nos ayudaron a convencerla. Entre mis hermanas y yo la convencimos: ‘Harás el ejercicio que ahora no haces’, ‘ Fortalecerás la musculatura’, ‘Tonificarás el cuerpo’, ‘Te sentirás mejor’… ‘Podremos dedicar las Compostelas. Tú al Papa y yo a la Iàia’.

Nadie hace nada si no tiene una motivación. Cuanto más fuerte es la motivación, más empeño se le dedica a su consecución y, esa, la dedicatoria a su madre y su esposo, diría que fue la mejor de todas. El empeño de mis hermanas fue otro factor a tener en cuenta. Aunque mi madre ponía todos los impedimentos posibles, mis hermanas se los iban rechazando todos según los iba enumerando:

  • No estoy en forma <–> Cuando empieces a caminar la cogerás
  • Es mucha distancia <–> Cada día que camines te quedará menos
  • Nunca he hecho un viaje así <–> Es una experiencia nueva y enriquecedora
  • Siempre he ido de hoteles <–> Dormir en albergues es muy enriquecedor

Poco a poco se fue convenciendo y, un día, nos fuimos a caminar por primera vez. Mi intención era hacer las cosas bien, y no como hago yo las cosas (a lo burro). Yo tengo la suerte de tener una buena condición física y puedo lanzarme a este tipo de retos sin dificultad. Mi preparación para recorrer un Camino de cientos de kilómetros se limita a preparar la mochila con lo necesario y comprar los billetes de ida y vuelta. Sin más. Pero con mi madre era distinto, debía prepararla mínimamente para irnos al Camino.

Empezamos a salir a pasear 2 o 3 veces por semana, nada excesivo, las primeras semanas de media hora a cuarenta minutos, las siguientes una hora. Tan sólo eso. Cada vez que terminábamos la caminata, me preguntaba ‘¿Cuánto hemos tardado?’, ‘¿Mejor que ayer?’, ‘¿Cuánto hemos caminado hoy?’… Los primeros días terminaba muy agotada pero poco a poco los registros mejoraban y, casi sin darse cuenta, iba sintiéndose mejor, preparándose sin prisas ni exigencias.

2 respuesta a “Motivaciones iniciales”

  1. Esa era la mejora forma de convencerla poco a poco,,,y cón toda tú paciensa y amor por tú madre,, Yo viaje sola de mí país y me lance al caminó frances hasta finesterra,,,estaba en forma cón 59,,años, Hoy en dia no puedo caminar ni 25,minutos operada de columna…deceando algún dia mejorar cónfiando en dios y atravesar el charco de Nuevo.,,de donde eres.

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